Fiesta de la Luz
La Candelaria, que en El Rocío es el primer fin de semana de febrero, conmemora uno de los momentos más significativos del Evangelio: la presentación del Niño Jesús en el Templo, cuarenta días después de su nacimiento. María y José cumplen así la ley de su tiempo y presentan al Niño ante Dios. En ese gesto sencillo se encierra un significado profundo: Jesús es reconocido como el Mesías esperado, como la luz que viene a iluminar a todos los pueblos, tal y como proclama Simeón en el templo. De ahí nace el sentido de esta fiesta, centrada en Cristo como luz del mundo.
Precisamente por eso, esta celebración es conocida popularmente como la Candelaria. Las velas y cirios, que se bendicen en la Vigilia del sábado, no son un elemento añadido ni decorativo, sino un símbolo directo del mensaje evangélico: la luz de Cristo que llega a la vida de las personas, que orienta el camino y da esperanza. La Candelaria es, en esencia, una fiesta de luz, de encuentro y de reconocimiento: Dios sale al encuentro del ser humano, y el ser humano descubre en Él la salvación.
En El Rocío, la Candelaria se vive con una intensidad muy especial. La Virgen expresa de forma visual lo que se celebra en este día: Nos muestra al Pastorcito, en sus manos, y lo ofrece. El Niño, en el centro, es presentado como luz y esperanza para su pueblo. Por eso, durante este fin de semana, en El Rocío se pausa el calendario oficial de peregrinaciones para celebrar esta cita y muchas familias acuden a presentar a sus hijos ante la Virgen, en la jornada del domingo. La Candelaria se convierte así en una celebración íntima, familiar y profundamente simbólica, que conecta fe, tradición y devoción rociera en su sentido más esencial.









